Al anochecer volvieron las tres parejas adentro, encendieron luz en un cuarto y mandaron traer aguardiente y café. Hablaron durante largo rato. Calatrava contó con verdadera delectación horrores de la guerra de Cuba. Había satisfecho allí sus instintos naturales de crueldad, macheteando negros, arrasando ingenios, destruyendo e incendiando todo lo que se le ponía por delante.
Las tres mujeres, sobre todo la Aragonesa, le escuchaban con entusiasmo. De pronto, Calatrava calló pensativo, como si algún recuerdo triste le embargara.
Vidal tomó la guitarra y cantó el tango del Espartero con un gran sentimiento; después tarareó el de La Tempranica con mucha gracia, cortando las frases para dar más intención y poniendo la mano en la boca de la guitarra, para detener a veces el sonido. La Flora marcó unas cuantas posturas jacarandosas, mientras Vidal, echándoselas de gitano, cantaba:
«¡Ze coman los mengues,
mardita la araña
que tié en la barriga
pintá una guitarra!
tan jondo doló...
¡Ay!, malhaya la araña