que a mí me picó.»
Luego fué Marcos Calatrava el que cogió la guitarra. No sabía puntear como Vidal, sino que rasgueaba suavemente, con monotonía. Marcos cantó una canción cubana, triste, lánguida, que daba la nostalgia de un país tropical. Era una larga narración que evocaba los danzones de los negros, las noches espléndidas del trópico, el sol, la patria, la sangre de los soldados muertos, la bandera, que hace saltar las lágrimas a los ojos, el recuerdo de la derrota... algo exótico y al mismo tiempo íntimo, algo muy doloroso, algo hermosamente plebeyo y triste.
Y Manuel sentía al oir aquellas canciones la idea grande, fiera y sanguinaria de la patria. Y se la representaba como una mujer soberbia, con los ojos brillantes y el gesto terrible, al lado de un león...
Después, Calatrava entonó, acompañándose del rasguear monótono de la guitarra, una canción de insurrectos muy lánguida y triste. Una de las coplas, que Calatrava cantaba en cubano, decía:
«Pinté a Matansa confusa,
la playa de Viyamá,
y no he podío píntá
el nido de la lechusa;
yo pinté po donde crusa
un beyo ferrocarrí,