un machete y un fusí

y una lancha cañonera,

y no pinté la bandera

por la que voy a morí.»

No sabía Manuel por qué, pero aquella reunión de cosas incongruentes que se citaban en el canto le produjo una tristeza enorme...

Afuera anochecía. A lo lejos la tierra azafranada brillaba con las últimas palpitaciones del sol, oculto en nubes incendiadas como dragones de fuego; alguna torre, algún árbol, alguna casucha miserable rompía la línea del horizonte, recta y monótona; el cielo hacia Poniente se llenaba de llamas.

Luego obscureció; fué ennegreciéndose el campo, el sol se puso.

Por el puentecillo de tablas, tendido de una orilla a otra, pasaban mujeres negruzcas, con fardeles de ropa bajo el brazo.

Manuel experimentaba una gran angustia. A lo lejos, de algún merendero, llegaba el rasguear lejano de una guitarra.