Vidal salió del cobertizo.
—Ahora vengo—dijo.
Un momento... y se oyó un grito de desesperación. Todos se levantaron.
—¿Ha sido Vidal?—preguntó la Flora.
—No sé—dijo Calatrava dejando la guitarra sobre la mesa.
Rumor de voces resonó hacia el río. Se asomaron todos al balcón que daba al Manzanares. En una de la islillas verdes dos hombres luchaban a brazo partido. Uno de ellos era Vidal; se le conocía por el sombrero cordobés blanco. La Flora, al conocerlo, dió un grito de terror; poco después los dos nombres se separaron y Vidal cayó a tierra, de bruces, en silencio. El otro puso una rodilla sobre la espalda del caído y debió asestarle diez o doce puñaladas. Luego se metió en el río, llegó a la otra orilla y desapareció.
Calatrava y Manuel se descolgaron por el barandado del cobertizo y se acercaron por el puente de tablas hacia el islote.
Vidal estaba tendido boca abajo y un charco de sangre había junto a él. Tenía clavada la navaja en el cuello, cerca de la nuca. Calatrava tiró del mango, pero el arma debía de estar incrustada en las vértebras. Después Marcos hizo dar al cuerpo media vuelta y le puso la mano en el pecho sobre el corazón.
—Está muerto—dijo tranquilamente.
Manuel miró al cadáver con horror; las últimas claridades de la tarde se reflejaban en sus ojos, muy abiertos. Calatrava puso al cadáver en la misma posición en que le había encontrado. Volvieron al merendero.