—¡Hala!, vamos—dijo Marcos.

—¿Y Vidal?—preguntó la Flora.

—Ha espichado.

La Flora comenzó a chillar; pero Calatrava la agarró violentamente del brazo y la hizo enmudecer.

—Vaya... ahuecando—dijo; y con gran serenidad pagó la cuenta, cogió la guitarra y salieron todos del merendero.

Había obscurecido; a lo lejos, Madrid, de un pálido color de cobre, se destacaba en el cielo azul, melancólico y dulce, surcado en el Poniente por grandes fajas moradas y verdosas: las estrellas comenzaban a lucir y a parpadear con languidez; el río brillaba con reflejo de plata.

Pasaron silenciosos el puente de Toledo, cada uno entregado a sus pensamientos y a sus temores. A final del paseo de los Ocho Hilos encontraron dos coches; Calatrava con la Aragonesa y la Flora entraron en uno; la Justa, y Manuel en otro.

CAPÍTULO V

El calabozo del Juzgado de guardia.—Digresiones.—La declaración.

Al día siguiente de la muerte de su primo, Manuel compró con ansiedad los periódicos; contaban todos lo pasado en el merendero; las señas de cada uno de los comensales venían claras; se había identificado el cadáver de Vidal, y se sabía que el asesino era el Bizco, un pájaro de cuenta, procesado por dos robos, lesiones y presunto autor de una muerte cometida en el camino de Aravaca.