El pánico de la Justa y de Manuel fué grandísimo; temían que les considerasen complicados en el crimen, que les llamasen a declarar; no sabían qué hacer.
Después de pensar mucho, decidieron como lo más cuerdo mudarse de casa e ir por los alrededores. Anduvieron la Justa y Manuel buscando habitación, y la encontraron al fin en una casa de la calle de Galileo, próxima al Tercer Depósito, en Vallehermoso.
La casa era barata, tres duros al mes; tenía dos balcones, que daban a un gran descampado o solar en donde tallaban los canteros grandes piedras. Este solar hallábase limitado por una cerca de pedruscos sueltos, residuos del corte de piedras, y en medio tenía una barraca en donde vivía el guarda con su familia.
Entraba en las habitaciones el sol desde que salía hasta que se ocultaba. Fuera por el terror producido por la muerte trágica de Vidal o por un impulso íntimo, Manuel sintió en su alma bríos para comenzar una vida nueva: buscó trabajo y lo encontró en una imprenta de Chamberí. Era muy violento para él estar encerrado todo el día en la imprenta; pero la misma violencia que tenía que hacer le animaba a perseverar. La Justa, en cambio, se aburría, se hallaba continuamente malhumorada y triste.
A la semana de esta vida ejemplar, un sábado, al volver a casa Manuel, se encontró con que no estaba la Justa. La esperó toda la noche, inquieto; no apareció.
Al día siguiente, cuando vió que no volvía, se echó a llorar. Comprendió que le abandonaba. Era el despertar de un sueño hermoso; había llegado a creer que al fin se emancipaban los dos de la miseria y de la deshonra.
Los días anteriores le había oído a la Justa quejarse de dolores de cabeza, de falta de apetito; pero no sospechaba aquella resolución, no creía que le iba a abandonar así, tan fríamente.
¡Y se sentía tan solo, tan miserable, tan cobarde otra vez! Aquel cuarto inundado de sol, que antes lo había encontrado alegre, ahora le parecía triste y sombrío. Miró desde el balcón las casas lejanas, con sus tejados rojos. En lontananza se extendía Madrid, envuelto en el ambiente limpio y claro, bajo un sol de oro. Algunas nubes blancas pasaban lenta y majestuosamente, desplegando sus fantásticas formas.
Familias de artesanos endomingados pasaban en grupos; se oían vagamente notas alegres de los organillos.
Manuel se sentó en la cama pensativo. ¡Cuántos buenos proyectos, cuántos planes acariciados en la mente no habían fracasado en su alma! Estaba al principio de la vida y se sentía sin fuerzas ya para la lucha. Ni una esperanza, ni una ilusión le sonreía. El trabajo, ¿para qué? Componer y componer columnas de letras de molde, ir y venir a casa, comer, dormir, ¿para qué? No tenía un plan, una idea, una aspiración. Miraba la tarde del domingo alegre, inundada de sol, el cielo azul, las torrecillas lejanas...