Embebido en vagos pensamientos, no oyó Manuel que llamaban a la puerta, cada vez más fuerte.
—¿Será la Justa?—pensó.—No puede ser.
Abrió la puerta con la vaga esperanza de encontrarla. Delante de él se presentaron dos hombres.
—Manuel Alcázar—le dijo uno de ellos—, quedas detenido.
—¿Por qué?
—El juez te lo dirá; ponte las botas y anda para adelante.
—¿Me van a atar?—preguntó Manuel.
—Si no haces tonterías, no. ¡Hala!, vamos.
Bajaron los tres a la calle y salieron al paseo de Areneros.
—Tomaremos el tranvía—dijo uno de los polizontes.