Entraron; venía atestado de gente y fueron los tres en la plataforma. Al llegar a la plaza de Santa Bárbara bajaron, y, cruzando dos o tres calles, aparecieron frente a las Salesas; de aquí torcieron una esquina, se metieron en un portal, atravesaron un pasillo largo, y al final de éste hicieron entrar a Manuel en un calabozo y cerraron por fuera.
Dicen que la soledad y el silencio son como el padre y la madre de los pensamientos profundos. Manuel, en medio de la soledad y el silencio, no encontró ni la idea más insignificante en su caletre. Por no encontrar, no encontró ni siquiera en el mundo de los fenómenos un sitio donde sentarse, lo cual no tenía nada de extraño, porque no había ni una mala silla ni una mala banqueta en el calabozo. Se sentía abatido y cansado, y se dejó caer en el suelo. Así permaneció algunas horas; de pronto, una claridad pálida brilló sobre la puerta, en un montante.
—Han encendido luz—se dijo Manuel—. Habrá obscurecido.
Poco después se oyó un estrépito de voces y de lloros.
—Ande usted, que si no le va a salir peor cuenta—decía una voz grave.
—Pero si yo no he sido, señor guardia, si yo no he sido—replicaba una voz suplicante—; déjeme usted ir a casa.
—¡Por Dios! ¡Por Dios!, que yo no he sido.
—Adentro.