Se oyó el ruido que hizo el hombre al entrar empujado en el calabozo, después el cerrar violento de la puerta. La voz suplicante siguió clamando con pesada monotonía:

—Yo no he sido... Yo no he sido... Yo no he sido.

—Pues señor, ¡vaya una lata!—se dijo Manuel. Si está toda la noche así, me va a divertir.

Las lamentaciones del vecino fueron aminorando poco a poco y debieron terminar en silencioso llanto. Se oía en el corredor los pasos rítmicos de alguno que iba y venía.

Manuel trató de buscar desesperadamente una idea en su cerebro, aunque no fuese más que para entretenerse con ella, y no encontró nada; lo único que pudo sacar en conclusión es que se había lucido.

Tal carencia de ideas le condujo como de la mano a un sueño profundo, que quizá no duró más que un par de horas, pero que a él le parecieron un año. Se despertó derrengado, con la cintura dolorida; no había perdido en el sueño la idea de que se hallaba encerrado, pero fué para él tan reparador el corto momento de descanso, que se encontró fuerte, dispuesto a cualquier cosa.

Tenía en el bolsillo aún el dinero que le habían dado en la imprenta. Llamó discretamente a la puerta del calabozo.

—¿Qué quiere usted?—le dijeron de afuera.

—Quisiera salir un rato.

—Salga usted.