—Llévese usted un banco de estos para dormir.
Manuel cargó con uno y se echó a la larga. El día anterior, libre, se encontraba débil y caído; en aquel momento, preso, se sentía fuerte. Los proyectos se amontonaban en su cabeza, pero no podía dormir.
El cansancio físico consume las fuerzas y excita el cerebro; la imaginación aletea en la obscuridad como los pájaros nocturnos; como ellos, también se refugia en las ruinas.
Manuel no durmió, pero soñó y proyectó mil cosas: unas lógicas, la mayoría absurdas. La luz del día, al entrar vaga por el montante de la puerta, desechó sus ideas sobre el porvenir y pensó en lo inmediato.
Le irían a llevar ante el juez. ¿Qué iba a contestar? Idearía un plan: una casualidad le había llevado al puente del Sotillo; no conocía a Calatrava; pero, ¿y si le careaban con ellos? Se iba a embarullar. Lo mejor era decir la verdad y atenuarla en todo lo que pudiera, para favorecer su causa: le conocía a Calatrava por su primo; le veía de cuando en cuando en el Salón; él trabajaba en una imprenta...
Estaba ya decidido a seguir este plan, cuando entró un guardia:
—Manuel Alcázar.
—Servidor.
—Anda, al despacho del juez.
Siguieron los dos un largo pasillo y llamaron en una puerta.