—¿Da usía su permiso?—dijo el guardia.
—Adelante.
Pasaron a un despacho con dos grandes ventanas por donde se veían los árboles de la plaza. Delante de la mesa estaba el juez sentado en un sillón de alto respaldar. Frente a la mesa había un armario de estilo gótico lleno de libros. Un escribiente entraba y salía llevando montones de papeles debajo del brazo; el juez le hacía alguna que otra pregunta y firmaba de prisa.
Cuando terminó, el guardia, con la gorra en la mano, se acercó al juez y le indicó, en pocas palabras, quien era Manuel. El juez echó una mirada rápida sobre el muchacho, y éste, en aquel momento, pensó:
—Hay que decir la verdad; si no, me la arrancarán y será peor.
Con esta decisión se sintió más tranquilo.
—Acérquese usted—le dijo el juez.
Manuel se acercó.
—¿Cómo se llama usted?
—Manuel Alcázar.