—¿No tuvieron ustedes tiempo de ir en su socorro?

—No, señor. A poco de asomarnos al balcón, cayó Vidal al suelo, y el otro se metió en el río y se fué.

—Está bien; ¿qué pasó después?

—El Cojo y yo nos descolgamos por el barandado, saltamos al río y nos acercamos a la isla. El Cojo le cogió la mano a Vidal y dijo: «Está muerto.» Luego volvimos los dos al merendero y nos fuimos.

El juez se volvió al escribiente:

—Luego le leerá usted la declaración, y que la firme.

Llamó al timbre y apareció el guardia.

—Que siga incomunicado.

Manuel salió del despacho, erguido. Le habían llegado al alma algunas de las frases del juez, pero estaba satisfecho de su declaración; no le habían llegado a embrollar.

Entró de nuevo en el calabozo y se tendió en el banco.