—El juez quiere hacerme cómplice del crimen. O ese juez es muy bruto o muy malo. En fin, esperemos.
Al medio día abrieron la puerta del calabozo y entraron dos hombres. Uno era Calatrava; el otro el Garro.
—Chico, acabo de leer en un periódico cómo te han prendido—dijo Calatrava.
—Ya ve usted, aquí me tienen.
—¿Has declarado?
—Sí.
—¿Qué has dicho?
—Toma, ¡qué voy a decir!, la verdad.
—¿Has hablado de mí?
—No que no. He hablado de usted, del Maestro y de todos.