—¡Quién hace justicia de este modo!—murmuró el juez, pensativo.
El Garro contempló al juez irónicamente.
Se oyó el timbre del teléfono, que resonó durante largo tiempo.
—¿Da usía su permiso?—preguntó un escribiente.
—¿Qué hay?
—De parte del señor ministro, si se ha despachado el asunto conforme a sus deseos.
—Que sí, dígale usted que sí—contestó el juez malhumorado. Luego se volvió hacia el agente—. Este muchacho preso, ¿no tiene participación ninguna en el crimen?
—Absolutamente ninguna—contestó el Garro.
—¿Es primo del muerto?
—Sí, señor.