—¿Y conoce al Bizco?

—Sí, ha sido amigo suyo.

—¿Podría ayudar a la policía a capturar al Bizco?

—De esto yo me encargo. ¿Se le pone en libertad al preso?

—Sí. Necesitamos coger al Bizco. ¿No se sabe dónde anda?

—Andará escondido por las afueras.

—¿No hay algún agente que conozca bien los rincones de las afueras?

—El mejor es un cabo de Orden público que se llama Ortiz. Si quiere usted escribirle al Coronel de Seguridad que ponga a Ortiz a mis órdenes, el Bizco, antes de ocho días, está en la cárcel.

Llamó el juez a un escribiente, le mandó escribir una carta, y se la entregó a Garro.

Salió éste del despacho del juez e hizo que abrieran el calabozo de Manuel.