—¿Hay que declarar otra vez?—preguntó el muchacho.
—No; vas a firmar la declaración y quedas libre. Vamos.
Salieron a la calle. A la puerta del Juzgado vió Manuel a la Fea y a la Salvadora, pero ésta no tenía un aspecto tan severo como de ordinario.
—¿Estás ya libre?—le dijeron.
—Así parece. ¿De dónde sabíais que estaba preso?
—Lo hemos leído en el periódico—contestó la Fea—, y a ésta se le ocurrió traerte la comida.
—¿Y Jesús?
—En el Hospital.
—¿Qué tiene?
—El pecho... ya está mejor... Pasa luego por casa. Vivimos en el callejón del Mellizo, cerca de la calle de la Arganzuela.