—Bueno.
—Adiós, ¿eh?
—Adiós y muchas gracias.
Dieron el Garro y Manuel la vuelta a la esquina y entraron en un portal con dos leones de bronce y subieron una corta escalera.
—¿Qué es esto?—preguntó Manuel.
—Esta es la Casa de Canónigos.
Recorrieron un pasillo con mamparas negras, y en un cuarto en donde escribían dos hombres, el Garro preguntó por el Gaditano.
—Ahí fuera debe estar—le dijeron.
Siguieron adelante. Pululaban por los pasillos hombres que iban y venían de prisa; otros, quietos, esperaban. Eran éstos obreros desharrapados, mujeres vestidas de negro, viejas tristes con el estigma de la miseria, gente toda asustada, tímida y humilde.
Los que iban y venían llevando carpetas y papeles bajo el brazo, todos o casi todos tenían un continente altivo y orgulloso; era el juez que pasaba con su birrete y su levita negra, mirando con indiferencia a través de sus gafas; era el escribano, menos grave, más jovial, que llamaba a uno y le hablaba al oído, entraba en la escribanía, dictaba, firmaba y volvía a salir; era el abogado joven que preguntaba por la marcha de sus pleitos; era el procurador, los curiales, los escribientes, los pinches.