Y empujando al rebaño de humildes y de miserables hacia el matadero de la Justicia, aparecían el usurero, el polizonte, la corredora de alhajas, el prestamista, el casero...
Todos se entendían con los pinches y escribientes, los cuales les arreglaban sus asuntos; daban carpetazo a los procesos molestos, arreglaban o empeoraban un litigio y mandaban a presidio o sacaban de él por poco dinero.
¡Qué admirable maquinaria! Desde el primero hasta el último de aquellos leguleyos, togados y sin togar, sabían explotar al humilde, al pobre de espíritu, proteger los sagrados intereses de la sociedad haciendo que el fiel de la justicia se inclinara siempre por el lado de las monedas...
El Garro encontró al Gaditano, a quien buscaba, y le llamó:
—Oye, tú has tomado la declaración a este chico, ¿verdad?
—Sí.
—Pues haz el favor de poner que no sabe quién le mató a su primo; que supone que sea el Bizco, y nada más. Y luego decreta su libertad.
—Bueno. Pasad a la escribanía.
Entraron en un cuarto estrecho, con una ventana en el fondo. En una de las paredes largas del cuarto había un armario y encima una porción de cosas procedentes de robos y de embargos, entre ellas una bicicleta.
Entró el Gaditano, sacó del armario un legajo y se puso a escribir rápidamente.