Ortiz se acercó a un hombre que estaba componiendo un carro.

—Oiga, buen amigo: ¿conoce usted por si acaso a un muchacho que se llama el Bizco?, uno rojo, feo...

—¿Acaso es usted de la policía?—preguntó el hombre.

—No; no, señor.

—Pues lo parece; pero eso allá usted. No conozco a ese Bizco—y el hombre volvió la espalda.

—Aquí hay que andar con ojo—murmuró Ortiz—, porque si se enteran a lo que venimos nos dan un pie de paliza que nos revientan.

Salieron del barrio de los Hojalateros, cruzaron el río por un puente por donde pasaba la línea del tren, y siguieron por la orilla del Manzanares.

En las praderas próximas al río, cubiertas de hierba verde y luciente, pastaban las vacas; algunos andrajosos andaban despacio, con cautela, buscando grillos.

Llegaron Manuel y Ortiz a unas casas de campo que llamaban la China; el guardia interrogó a un hortelano. No conocía al Bizco.

Se alejaron de allá, y se sentaron en la hierba a descansar. Iba anocheciendo; surgía Madrid, amarillo rojizo, con sus torres y sus cúpulas, iluminado con la última palpitación del sol poniente. Relucían las vidrieras del Observatorio. Una bola grande de cobre, del remate de algún edificio, centelleaba como un sol sobre los tejados mugrientos; alguna que otra estrella resplandecía en la bóveda de azul de Prusia del cielo; el Guadarrama, de color violeta obscuro, rompía con sus picachos blancos el horizonte lejano.