Volvieron de prisa Ortiz y Manuel. Al llegar al paseo de Embajadores era de noche; tomaron una copa en un merendero de la Manigua y echaron una ojeada por allá.

—Cena conmigo—dijo Ortiz—, y por la noche volveremos a la cacería. Hemos de registrar todo Madrid.

Cenó Manuel con el guardia y con su familia en la casa del Campillo del Mundo Nuevo. Después de cenar recorrieron casi todas las tabernas de las calles del Mesón de Paredes y de Embajadores, y entraron en el cafetín de la calle de la Esgrima. Estaba todo el local lleno de golfos; al sentarse el guardia y Manuel, se comunicaron los contertulios unos a otros la noticia. Un muchacho que estaba en una mesa próxima mostrando en un corro una sortija y una peineta, las guardó de prisa y corriendo al ver a Ortiz. El guardia notó la maniobra, y le llamó al mozo.

—¿Qué quiere usted?—preguntó éste escamado.

—Preguntarte una cosa.

—Usted dirá.

—¿Tú conoces a uno que llaman el Bizco?

—Yo no, señor.

El guardia hizo más preguntas al muchacho; debió de convencerse que no conocía al Bizco, porque murmuró:

—No sabe nadie dónde está.