Siguieron recorriendo tabernas; al pasar por la calle del Amparo, Ortiz dispuso que registraran una casa de dormir que tenía un farol rojo en uno de sus balcones.
Entraron y subieron una escalera de tablas, con los peldaños vacilantes, iluminada por un farol empotrado en la pared. En el primer piso había habitaciones para citas; en el segundo estaba el dormitorio público. Tiró Ortiz de la cadena de la campanilla y apareció una mujer astrosa, con una vela en la mano, un pañuelo blanco en la cabeza y en chanclas: era la encargada.
—Somos de la policía y queremos echar un vistazo por dentro. Si usted lo permite, entraremos.
La mujer se encogió de hombros y dejó lugar para que pasaran.
Recorrieron un corto pasillo, que terminaba en una sala larga y estrecha, con pies derechos de madera a ambos lados y dos filas de camas. En la crujía central pendía un quinqué de petróleo, que apenas iluminaba la cuadra anchurosa. El suelo, de ladrillos, se torcía hacia un lado.
Ortiz pidió la vela y fué alumbrando los rostros de los que ocupaban las camas.
Unos dormían con desaforados ronquidos; otros, despiertos, se dejaban contemplar con desdén. Por entre las cubiertas de las camas se veían espaldas desnudas, torsos hercúleos, tórax comprimidos de gente enferma...
—Y abajo, ¿hay alguien?—preguntó Ortiz a la encargada.
—En el principal, no. En los cuartos del zaguán habrá alguno.
Bajaron al portal. Una puerta conducía a un sótano húmedo. En un rincón dormía un mendigo, envuelto en harapos.