Al día siguiente de esta correría, por la tarde, al entrar Manuel en casa de la Fea, se encontró con Jesús, sentado, charlando con su hermana y la Salvadora.
Manuel sintió cierta emoción al verle. Estaba muy flaco y muy pálido. Los dos se examinaron atentamente y hablaron de su vida en el tiempo en que no se habían visto. Después pasaron a cosas del momento, y Manuel expuso su situación y el compromiso que tenía con Ortiz.
—Ya, ya me lo han dicho—advirtió Jesús—, y yo no quería creerlo. ¿De manera que a ti te dejaron en libertad a condición de que ayudases a coger al Bizco? ¿Y tú aceptas?
—Sí. Si no, no me dejan en libertad, ¿Qué iba a hacer?
—Negarte.
—¿Y pudrirme en la cárcel?
—Y pudrirte en la cárcel, mejor que hacer a un amigo una charranada así.
—El Bizco no es amigo mío.
—Pero lo fué, por lo que tú dices.