—Amigo, no...
—Compañero de golfería, vamos.
—Sí.
—¿De modo que te has hecho polizonte?
—¡Hombre!... Además, el muerto era mi primo.
—¡Cualquiera se fía de ti!—añadió sarcásticamente el cajista.
Manuel se calló. Pensó que había hecho mal en comprometerse. El Bizco era un bandido; pero a él no le había hecho nunca daño, era la verdad.
—Lo malo es que no puedo volverme atrás—dijo Manuel—ni escaparme, porque ese Ortiz vendría aquí y sería capaz de llevar a tu hermana y a la Salvadora a la cárcel.
—¿Por qué?
—Porque ellas le han dicho que respondían de mí.