—Pues mira, de todo eso, a mí... Prim.

—No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, a quien me confió el Garro, me cogerán y me llevarán a la cárcel.

—Bueno; allá aprenderás a no mover la sin hueso.

—No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este Círculo a la gente...

—Tú estás loco. Tú quieres que te dé dos garrotazos.

—No; yo quiero que le diga usted al Garro que no me da la gana de perseguir al Bizco, y, además, que le mande usted que no me persiga; conque ya sabe usted lo que tiene que hacer.

—Lo que voy a hacer es darte dos patadas ahora mismo, ¡soplón!

—Eso lo veremos.

Se acercó el Cojo a Manuel con el puño cerrado y le largó un puñetazo; pero Manuel tuvo la habilidad de agarrarle de la mano, y empujándole para atrás, le hizo perder el equilibrio y cayó sobre la mesa y la derribó con un estrépito formidable. Se levantó Calatrava furioso y se fué hacia Manuel; pero al ruido entraron algunos mozos y los separaron. En esta situación, apareció el Maestro en la puerta de la secretaría.

—¿Qué pasa?—preguntó mirando a Calatrava y a Manuel severamente—. Marcháos vosotros—añadió dirigiéndose a los demás.