Quedaron los tres solos, y Manuel explicó el motivo de la cuestión.

El Maestro, después de oirle, dijo a Calatrava:

—¿Es eso de veras lo que te ha dicho?

—Sí; pero ha venido aquí con exigencias...

—Bueno. De eso no hay que hablar. ¿De manera—añadió dirigiéndose a Manuel—que tú no quieres ayudar a la policía? Haces bien. Puedes marcharte. Yo le diré al Garro que no te moleste.

Una hora después, Manuel y Jesús habían salido de casa a dar una vuelta. Hacía una noche de calor sofocante; bajaron a la Ronda.

Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el mundo, un odio hasta entonces amortiguado se despertaba en su alma contra la sociedad, contra los hombres...

—De veras te digo—concluyó diciendo—que quisiera que estuviera lloviendo dinamita ocho días y bajara después el Padre Eterno hecho ascuas.

Y rabioso invocó a todos los poderes destructores para que redujesen a cenizas esta sociedad miserable.

Jesús le escuchaba con atención.