—Eres un anarquista—le dijo.

—¿Yo?

—Sí. Yo también lo soy.

—¿Tu?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde que he visto las infamias que se cometen en el mundo; desde que he visto cómo se entrega fríamente a la muerte un pedazo de humanidad; desde que he visto cómo mueren desamparados los hombres en las calles y en los hospitales—contestó Jesús con cierta solemnidad.

Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la ronda de Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron.

El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas; la vía láctea cruzaba la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la Osa Mayor brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel océano de astros.

A lo lejos el campo oscuro, surcado por líneas de luces, parecía el mar en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un muelle.