El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas silvestres, agostadas por el calor.

—¡Cuánta estrella!—dijo Manuel—. ¿Qué serán?

—Son mundos, y mundos sin fin.

—No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús; ¿tú crees que habrá hombres en esos mundos?—preguntó Manuel.

—Quizá; ¿por qué no?

—¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?... ¿Eh? ¿Crees tú?

Jesús no contestó a la pregunta. Luego habló con una voz serena de un sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril.

En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba a un estado superior.

No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituído a la ley del deber, y el horizonte de la humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada vez más azul...

Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de energía y de piedad; y aquellas palabras suyas, caóticas, incoherentes, caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel... Luego los dos callaron, entregados a sus pensamientos, contemplando la noche.