—Bueno; me voy, que tengo que comprar unos cristales. ¡Háblale al chico!
—Descuida.
—Gracias por todo. Y vete por mi casa, ¿eh? Mira que de eso depende mi porvenir y el de mi padre.
—Iré por allá.
Bernardo estrechó las manos de su amigo con efusión y se fué. Roberto, al terminar de escribir, llamó:—Manuel.
—¿Qué?
—Estabas despierto, ¿eh?
—Sí señor.
—¿Has oído la conversación?
—Sí, señor.