—Pues si quieres, ya sabes. Ahí tienes un oficio que aprender.

—Iré, si le parece a usted bien.

—Lo que tú quieras.

—Entonces voy ahora mismo.

Manuel dejó la guardilla de Roberto sin despedirse de Alex y se marchó en busca de Bernardo Santín, a la calle de Luchana. Era la casa piso tercero, pero con el entresuelo y el principal resultaba quinto. Llamó Manuel y le abrió un viejo de ojos encarnados, el padre de Bernardo. Le explicó a lo que iba, y el viejo se encogió de hombros y se fué a la cocina en donde estaba guisando. Manuel esperó a que llegara Bernardo. La casa estaba todavía sin muebles; sólo había una mesa y unos cuantos cacharros en la cocina y en un cuarto grande dos camas. Llegó Bernardo, almorzaron los tres y dispuso Santín que el muchacho pidiera una escalera al portero y se dedicase a sujetar y a componer los cristales de la galería.

Después de dar estas órdenes, dijo que le esperaban y se fué.

Manuel el primer día se lo pasó en lo alto de una escalera sujetando los cristales con listas de plomo y los rotos con tiras de papel.

Le costó mucho tiempo el arreglar los cristales; después Manuel colocó las cortinas y empapeló la galería con papel continuo de color azulado.

A la semana o cosa así apareció Roberto con los catálogos. Marcó con lápiz las cosas necesarias que se habían de traer, y le dijo a Bernardo cómo debía poner el laboratorio; le señaló un sitio en donde era conveniente hacer un tragaluz para poner las placas al sol y sacar las positivas, y le indicó otra porción de cosas. Bernardo se fijó en lo que le decía, y transmitió el encargo a Manuel. Bernardo, además de ser poco inteligente, era un gandul completo. No hacía absolutamente nada. Sólo cuando venía su novia a ver cómo marchaban los trabajos, fingía estar atareado.

Era la novia muy simpática; a Manuel le pareció hasta bonita, a pesar de tener el pelo rojo, y las pestañas y las cejas del mismo color. Tenía una carita blanca, algo pecosa, la nariz sonrosada, respingona, los ojos claros y los labios tan rojos y tan bonitos que despertaban el deseo de besarlos. Era de pequeña estatura, pero estaba muy bien formada. Hablaba rozando las erres y convirtiendo las ces en eses.