Parecía bastante enamorada de Bernardo, lo que a Manuel le chocó.

—Es que no le conoce—pensó.

Bernardo, con un convencimiento absoluto de su propia ciencia, le explicaba a la muchacha los trabajos que hacía, cómo iba a poner el laboratorio. Lo que oía a Roberto se lo espetaba a su novia con un descaro inaudito. La muchacha lo encontraba todo muy bien; sin duda se prometía un porvenir risueño.

Manuel, que comprendía el timo que estaba dando Bernardo, pensaba si no sería una obra de caridad advertirle a la rubia que su novio era un zascandil que no servía para nada, pero ¡quién le metía a él en esto!

Bernardo se llevaba la gran vida; paseaba, compraba alhajas en las casas de préstamos, jugaba en el Frontón Central. Si algo hacía en casa era dar disposiciones contradictorias y embarullarlo todo. Mientras tanto el padre, indiferente, guisaba en la cocina y se pasaba el día entero machacando en el almirez o picando en el tajo.

Manuel iba a la cama tan cansado que se dormía enseguida; pero una noche en que no se durmió tan pronto, oyó en el otro cuarto a Bernardo que decía:—Voy a mataros.

—¿Le mata?—preguntó la voz del viejo de los ojos encarnados.

—Espera—replicó el hijo—, me has interrumpido.

Y volvió a comenzar nuevamente la lectura, porque no se trataba más que de una lectura, hasta llegar otra vez al: Voy a mataros. En las noches siguientes continuó Bernardo leyendo con un tono terrible. Era éste sin duda su único trabajo.

Bernardo no tenía más preocupación que su padre; lo demás le era completamente indiferente; le había sacado el dinero a su novia y vivía con aquel dinero y lo gastaba como si fuera suyo. Cuando llegaron la máquina y los demás artefactos de fotografía de Alemania, al principio se entretuvo en impresionar placas que reveló Roberto; pronto se aburrió de esto y no hizo nada.