Era torpe y bruto hasta la exageración; no hacía más que necedades, abrir la linterna cuando se estaban revelando las placas, confundir los frascos. Roberto se exasperaba al ver que no ponía ningún cuidado.

Mientras tanto adelantaban los preparativos de la boda, Manuel y Bernardo fueron varias mañanas al Rastro y compraron fotografías de actrices hechas en París por Reutlinger, despegaron de la cartulina el retrato y lo volvieron a pegar en otros cartones con la firma Bernardo Santín, fotógrafo, puesta al margen con letras doradas.

En noviembre se celebró la boda en la iglesia de Chamberí. Roberto no quiso asistir; pero el mismo Bernardo fué a buscarle a casa y no tuvo más remedio que tomar parte en la fiesta. Después de la ceremonia fueron a comer a un café de la Glorieta de Bildao.

Los comensales eran: dos amigos del padre del novio, uno de ellos militar retirado; la patrona en cuya casa vivía la novia, con su hija; un primo de Bernardo, su mujer y Manuel.

Roberto comenzó a hablar con la novia y le pareció muy simpática y agradable; hablaba muy bien el inglés y cambiaron los dos algunas frases en este idioma.

—Es una lástima que se case con este mastuerzo—pensó Roberto.

En la comida uno de los viejos comenzó a soltar una porción de indecencias que hicieron ruborizar a la novia. Bernardo, que bebió demasiado, dió bromas a la mujer de su primo y lo hizo con la pesadez y la falta de gracia que le caracterizaba.

La vuelta de la boda a la casa, al anochecer, fué melancólica. Bernardo se sentía valiente y quería hacer graciosidades. Esther hablaba con Roberto de su madre que había muerto, de la soledad en que vivía.

Al llegar al portal se despidieron los invitados de los novios, y al ir a marcharse Roberto, Bernardo se le acercó y con voz apagada y débil le confesó que tenía miedo de quedarse solo con su mujer.

—Hombre, no seas idiota. Entonces, ¿para qué te has casado?