—No sabía lo que hacía. Anda, acompáñame un momento.

—Pues ¡vaya una gracia que le haría a tu mujer!

—Sí, le eres muy simpático.

Roberto contempló con atención a su amigo y no le miró la frente porque no le gustaban las bromas.

—Sí, hombre, acompáñame. Hay otra cosa además.

—¿Pues qué hay?

—Que no sé aún nada de fotografía y quisiera que vinieras una semana o dos. ¡Por favor te lo pido!

—No puede ser, yo tengo que dar mis lecciones.

—Ven aunque no sea más que a la hora de comer. Comerás con nosotros.

—Bueno.