—Y ahora sube un instante, por favor.
—No, ahora no subo—, y Roberto dió media vuelta y se fué.
En los días posteriores Roberto fué a casa del recién casado y charló un rato con el matrimonio durante la comida.
Al tercer día entre Bernardo y Manuel retrataron a dos criadas que aparecieron por la fotografía. Roberto reveló los clichés que por casualidad salieron bien, y siguió acudiendo a casa de su amigo.
Bernardo continuaba haciendo la misma vida de antes de casado, dedicándose a pasear y divertirse. A los pocos días no se presentó a la hora de comer. Tenía una falta de sentido moral absoluta; había notado que su mujer y Roberto simpatizaban y pensó que éste, por seguir adelante y hacerle el amor a su mujer, trabajaría en su lugar. Con tal de que su padre y él viviesen bien, lo demás no le importaba nada.
Cuando lo comprendió Roberto, se indignó.
—Pero, oye tú—le dijo—¿Es que tú crees que yo voy a trabajar por ti, mientras tú andas golfeando? Quia, hombre.
—Yo no sirvo para estas porquerías de reactivos—replicó Bernardo malhumorado—, yo soy un artista.
—Lo que tú eres es un imbécil que no sirve para nada.
—Bueno, mejor.