—Es indigno. Te has casado con esa muchacha para quitarle los pocos cuartos que tenía. Da asco.

—Si ya sé yo que tu defenderás a mi mujer.

—No, hombre, yo no la defiendo. Ella ha sido también bastante idiota la pobre para casarse contigo.

—¿Eso quiere decir que ya no quieres venir a trabajar?

—Claro que no.

—Pues me tiene sin cuidado. He encontrado un socio industrial. De manera que ya sabes; yo a nadie le pido que venga a mi casa.

—Está bien. Adiós.

Dejó Roberto de aparecer por la casa; a los pocos días se presentó el socio y Bernardo despidió a Manuel.

CAPÍTULO III

La Europea y La Benefactora.—Una colocación extraña.