Volvió Manuel al estudio de Alex. Éste incomodado con el muchacho por haberse ido del estudio sin despedirse, no quiso que se quedara allí de nuevo.

Preguntaron los bohemios que se reunían en el taller por la vida de Bernardo, y se hicieron una porción de comentarios humorísticos acerca de la suerte que el Destino reservaba a la cabeza del fotógrafo.

—¿De manera que Roberto le revelaba los clichés—dijo uno.

—Sí.

—Le retocaba las placas y la mujer, añadió otro.

—¡Qué sinvergüenza es el tal Bernardo!

—No, es un filósofo de la escuela de Cándido. Ser cornudo y cultivar la huerta. Es la verdadera felicidad.

—¿Y tú qué vas a hacer?—preguntó Alex irónicamente a Manuel.

—No sé; buscaré una colocación.

—Hombre, ¿ustedes conocen a un señor don Bonifacio Mingote, que vive en el tercer piso de esta casa?—dijo don Servando Arzubiaga, el hombre enjuto e indiferente.