—No.
—Es un agente de colocaciones. No debe tenerlas muy buenas cuando no se ha colocado él. Yo le conozco del periódico: antes era representante de unas aguas minerales, y solía llevar anuncios. Me habló el otro día de que necesitaba un chico.
—Véanle ustedes—replicó Alex.
—¿Tu no aspiras a ser grande de España, verdad?—preguntó don Servando a Manuel, con una sonrisa entre irónica y bondadosa.
—No, ni usted tampoco—dijo con desenfado Manuel.
Don Servando se echó a reir.
—Si quieres, le veremos a ese Mingote. ¿Vamos ahora mismo?
—Vamos, si usted quiere.
Bajaron al tercero de la casa, llamaron en una puerta y les hicieron pasar a un comedor estrecho. Preguntaron por el agente, y una criada zarrapastrosa les mostró una puerta. Llamó don Servando con los nudillos, y al oir ¡adelante! que dijeron de dentro, pasaron los dos al interior del cuarto.
Un hombre gordo, de bigote grueso y pintado, envuelto en un mantón de mujer, que iba y venía, hablando y accionando con un junquillo en la mano derecha, se detuvo y, abriendo los brazos con grandes extremos y en un tono teatral, exclamó:—¡Oh, mi señor don Servando! ¡Tanto bueno por aquí!—Después miró al techo, y de la misma manera afectada, añadió: ¿Qué le trae por este cuarto al ilustre escritor, noctámbulo empedernido, a horas tan tempranas?