Don Servando contó al señor gordo, el propio don Bonifacio Mingote, lo que le llevaba por allá.

En tanto, un hombre feo, con unos brazos de muñeco y una cabeza de chino, sucio y enfermo, colocó la pluma sobre la oreja y se puso a frotarse las manos con aire de satisfacción.

El cuarto era nauseabundo, atestado de anuncios rotos, grandes y pequeños, pegados a la pared; en un rincón había una cama estrecha y sin hacer; tres sillas destripadas, con la crin al descubierto, y en medio un brasero cubierto con una alambrera, encima de la cual se secaban dos calcetines sucios.

—Por ahora no puedo asegurar nada—dijo el agente de negocios a don Servando, después de oir sus explicaciones—, mañana lo sabré; pero tengo un buen asunto entre manos.

—Ya ves lo que dice este señor—indicó don Servando a Manuel—; mañana ven por aquí.

—¿Tu sabes escribir?—preguntó el señor Mingote al muchacho.

—Sí, señor.

—¿Con ortografía?

—Algunas palabras quizá no sepa....

—A mí me pasa lo mismo. Los hombres verdaderamente grandes despreciamos esas cosas verdaderamente pequeñas. Ponte a trabajar aquí—y puso una silla al otro lado de la mesa donde escribía el hombre amarillo—. Este trabajo—añadió—será el pago del servicio que te voy a prestar buscándote una colocación pistonuda.