Manuel se puso a copiar con su mejor letra los nombres en las circulares y en los sobres.

El señor de Mingote vió la letra de Manuel y, después de conceder su beneplácito, se embozó en el mantón, dió dos o tres pasos por el cuarto y preguntó a su escribiente:

—¿Dónde íbamos?

—Decíamos—contestó con su gravedad siniestra el amanuense—que el Anís Estrellado Fernández es la salvación.

—Ah, sí; lo recuerdo.

De pronto el señor de Mingote, con voz de trueno, gritó:

—¿Qué es el Anís Estrellado Fernández? es la salvación, es la vida, es la energía, es la fuerza.

Manuel levantó la cabeza asombrado y vió al agente de negocios con la vista desviada, fija en el techo, que accionaba terriblemente, como amenazando a alguien con su mano derecha armada del junquillo, mientras el escribiente garrapateaba veloz en el papel.

—Es un hecho, universalmente reconocido por la Ciencia—siguió diciendo Mingote en tono melodramático—, que la neurastenia, la astenia, la impotencia, el histerismo y otros muchos desórdenes del sistema nervioso... ¿Qué otras enfermedades cura?—añadió Mingote en su voz natural.

—El raquitismo, la escrófula, la corea...