—¿Quién, yo?

—Sí. No te podrás quejar, perillán. Desde el arroyo subes a las alturas aristocráticas. Hasta título puedes llegar a tener.

—Pero ¿es verdad?

—Tan verdad como que yo soy el hombre de más talento de toda Europa. Conque anda, futuro barón, arréglate, ráscate la mugre, cepíllate, quita el barro a esas alpargatas inmundas que llevas y ven conmigo a casa de la baronesa.

Manuel quedó ofuscado; no comprendía bien de qué se trataba; pero no creía que el agente se tomase el trabajo de corretear por las calles únicamente por el gusto de embromarle.

Estuvo en seguida en disposición de acompañar a Mingote. Salieron los dos a la calle Ancha de San Bernardo, bajaron por la de los Reyes a la de la Princesa y siguieron después por esta calle hasta detenerse en un portal, en donde entraron.

De aquí pasaron por un corredor a un patio espacioso.

Una serie de galerías con filas simétricas de puertas de color de chocolate circundaban el patio.

Llamó Mingote en una de las puertas de la galería del segundo piso.

—¿Quién es?—preguntó desde dentro una voz de mujer.