—Soy yo—contestó Mingote.
—Voy, voy.
Se abrió la puerta y apareció una mulata, en chanclas, seguida de tres perros de lanas, que ladraron con furia.
—¡Quieto, León? ¡Quieto, Morito!—gritó la mulata con un tono muy lánguido—. Pasen, pasen.
Entraron Manuel y Mingote en un cuarto ahogado, con una ventana al patio. Las paredes del cuarto, desde cierta altura, se hallaban casi cubiertas por ropas de mujer que formaban como un zócalo de trapos alrededor de la habitación; en la falleba de la ventana colgaba una camisa descotada, sin mangas, con puntillas y lazos azules marchitos, que mostraba cínicamente un manchón obscuro de sangre.
—Esperen un momento. La señora está vistiéndose—advirtió la mulata.
Al poco tiempo salió de nuevo y les indicó que pasaran al gabinete.
La baronesa, una señora rubia vestida con una bata clara, estaba sentada en un sofá, con un gran aspecto de languidez y desolación.
—¿Otra vez por aquí, Mingote?
—Si, señora, otra vez.