—Siéntense ustedes.
El tabuco era un cuarto estrecho y sin luz, ocupado por muchos más muebles de los que buenamente cabían en él. Amontonados en poco trecho se veían una consola antigua con un reloj de chimenea encima; unos sillones ajados, en los cuales la seda, antes roja, había quedado violácea por la acción del sol; dos retratos grandes al óleo, y un espejo biselado grande con la luna rajada.
—Le traigo a usted, baronesa—dijo Mingote—; el chico del que hemos hablado.
—¿Es éste?
—Sí.
—Yo creo que le conozco a este chico.
—Sí; yo también la conozco a usted—dijo Manuel—. Yo estaba en una casa de huéspedes de la calle de Mesonero Romanos; la patrona se llamaba doña Casiana; mi madre era la criada.
—Toma. Es verdad. Y tu madre, ¿qué hace?—preguntó la baronesa a Manuel.
—Murió ya.
—Es huérfano—saltó diciendo Mingote—. Libre como el pájaro en la selva, libre para cantar y para morirse de hambre. En esta misma situación llegué yo a Madrid hace ya bastante tiempo, y, es original, extraño, verdaderamente extraño, me gustaría volver a aquella época.