—Y tú, ¿cuántos años tienes?—preguntó la baronesa al muchacho sin hacer caso de las reflexiones del agente.
—Diez y ocho.
—Pero, oiga usted Mingote—dijo la baronesa—, el chico no tiene la edad que usted me decía.
—Eso es lo de menos. Nadie dirá que tiene más de catorce o quince. El hambre no deja crecer los productos de la naturaleza. Deje usted de regar a un árbol, deje usted de alimentar a un hombre...
—Y diga usted—y la baronesa interrumpió impaciente a Mingote para hablarle en voz baja—, ¿le ha dicho usted para qué es?
—Sí; si no lo hubiera averiguado en seguida. A un chico de éstos, que ha rodado por ahí; no se le engaña como a un hijo de familia. La miseria enseña mucho, baronesa.
—Dígamelo usted a mí—repuso la dama—, que cuando pienso en la vida que he llevado y en la que llevo ahora, me asombro. Indudablemente, Dios me ha dado una naturaleza privilegiada, porque me acostumbro con facilidad a todo.
—Usted siempre podrá llevar una buena vida si quiere—replicó Mingote—. ¡Oh! Si yo hubiera sido mujer, ¡qué carrera!
La baronesa volvió la cabeza con un gesto de disgusto.
—No hablemos de eso.