—Tiene usted razón; ya, ¿para qué? Ahora desarrollaremos el nuevo plan estratégico. Yo iré preparando las pruebas del estado civil del muchacho. Usted, ¿quiere quedarse con él?
—Le puede servir a usted para los recados. Sabe escribir bastante bien.
—Nada, nada, que se quede.
—Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días en que traeré los papeles. Señora... a sus pies.
—¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale, Manuel.
Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos manos en los hombros del muchacho.
—Adiós, hijo mío—le dijo—, que no se te olvide, si alguna vez llegas a ser barón de veras, que todo me lo debes a mí.
—No se me olvidará; descuide usted—contestó Manuel.
—¿Te acordarás siempre de tu protector?