—Siempre.

—Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo es casi tanto como un padre; es..., iba a decir, el brazo de la Providencia. Me siento enternecido... Ya no soy joven. ¿Tienes ahí, por casualidad algunos cuartos?

—No.

—Es un contratiempo molesto—y Mingote, después de hacer un molinete con su bastón, salió de casa.

Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas.

—¡Chucha! ¡Chucha!—gritó la baronesa; y al aparecer la mulata que les había abierto la puerta a Mingote y a Manuel, le dijo, señalando a éste que se hallaba confundido y sin saber que hacer:

—Mira, éste es el chico.

¡Jesú! ¡Jesú!—gritó la mulata—. ¡Si es un golfo! ¿Pero qué ocurrensia le ha dado a la señora de traer este granuja a casa?

Manuel, ante un exabrupto así, aunque dicho con la más melosa y la más lánguida de las pronunciaciones, quedó paralizado.

—Le estás azorando—exclamó la baronesa riendo a carcajadas.