Mingote quedó pensativo. Si la baronesa le escribía a don Sergio, éste, probablemente, ya escamado, podía acoger con duda la especie. Había, pues, que encontrar un procedimiento indirecto, darle la noticia por otra persona.

—¿Qué le parece a usted si fuera un confesor?—preguntó Mingote.

—¿Un confesor?

—Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en secreto de confesión le había usted dicho...

—No, no—interrumpió la baronesa.—¿Y dónde está ese cura?

—Iría Peñalar disfrazado.

—No. Además don Sergio sabe que soy poco devota.

—Un maestro de escuela quizá sería mejor.

—¿Pero piensa usted que va a creer que me confieso con un maestro?

—No, el plan varía. El maestro va a ver a don Sergio y le dice que tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no le atiende. Un día le pregunta al prodigio:—¿Cómo se llaman tus padres, niño? Y él dice:—Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa de Aynant. Entonces él, el pedagogo viene a ver a usted y usted le contesta que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio del chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni conocerlo siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta a usted repetidas veces el nombre del padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al último le arranca a usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo sublime dice:—Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese prodigioso niño, de ese extraordinario niño, y toma la determinación de ir a ver al padre de la criatura... ¿Eh? ¿Qué le parece a usted?