—La trama no está mal urdida, ¿pero quién va a hacer de maestro de escuela? ¿Usted?
—No, Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante en un colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras tanto, arregle usted a Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En el tiempo que yo estoy fuera, no estaría de más que le enseñara usted algo de la ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina, por ejemplo.
Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó a Manuel que se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de marinero y un cuello grande y blanco; pero por más que le adornaron y le escamondaron no se consiguió darle un aspecto regular de hijo de familia; siempre trascendía a golfo, con sus ojos indiferentes y burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica.
A las dos horas, Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con un hombre negro, de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar, habló con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio, abandonando el tono enfático, discutió las condiciones de cobro y el tanto por ciento que le correspondería a él.
Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero viendo que Mingote no cedía, aceptó.
—Ahora mismo que venga el chico conmigo.
Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia atrás, y tomando de la mano a Manuel, le dijo con un tono verdaderamente evangélico:
—Vamos, hijo mío.
Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del Progreso.
Llegaron a la plaza y entraron en el almacén.