—¿Don Sergio Redondo?—preguntó Peñalar a un viejo de boina.
—No ha bajado aún al despacho.
—Esperaré; dígale usted que hay aquí un caballero que desea verle.
—Bueno; ¿quién le digo que le espera?
—No, no me conoce. Adviértale usted que se trata de asuntos de familia. Siéntate, hijo mío—añadió Peñalar, dirigiéndose a Manuel con una voz y una sonrisa de pura cepa evangélica.
Se sentó Manuel y Peñalar paseó su mirada por el almacén con la calma y la tranquilidad del que tiene la seguridad y la conciencia de sus actos.
No tardó en aparecer el viejo de la boina.
—Pasen ustedes al despacho—y empujó una mampara negra con cristales rayados—. Ahora viene el señor—añadió.
Peñalar y Manuel entraron en un cuarto iluminado por una ventana con rejas y se sentaron en un sofá verde. Enfrente se levantaba un armario de caoba con libros de comercio, en medio una mesa de escribir llena de cajoncitos y a un lado de ésta una caja de valores con botones dorados.
El cuarto trascendía a comerciante implacable; se comprendía que aquella jaula debía de encerrar un pajarraco de mala catadura. Manuel se sintió amilanado. Peñalar quizá experimentó también un momento de debilidad, pero se creció, se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su nariz y sonrió.