Don Sergio, en el colmo del asombro, ante aquel chorro de palabras, no intentó interrumpir a Peñalar; éste se detuvo, sonrió con dulzura, notó que la fuerza de la costumbre había llevado su discurso al tema constante del por qué pegaba sablazos, y comprendiendo que su elocuencia le arrastraba por un camino extraviado, bajó la voz y continuó en tono confidencial:

—Esta vida atrae de tal modo, a pesar de sus impurezas, ¿no es verdad, don Sergio?, que no puede uno desprenderse con indiferencia de ella. Y eso que yo creo que la muerte es la liberación, sí, yo creo en la inmortalidad del alma, en el dominio absoluto del espíritu sobre la materia. Antes no, lo confieso—sonriendo más dulcemente aun—, antes era panteísta y conservo no sé si de aquella época el entusiasmo por la naturaleza. ¡Oh, el campo!, ¡el campo es mi delicia!; muchas veces recuerdo aquellos versos del mantuano:

«Te, dulcis conjux, te solo in litore secum

te veniente die, te decedente canebat.»

—¿A usted le gusta el campo, don Sergio? Sí le debe de gustar, con el talento que usted tiene.

La cólera de don Sergio, que iba agrandándose con la verbosidad incoherente de Peñalar, estalló en esta frase corta:

—El campo me revienta.

Peñalar quedó parado, con la boca abierta.

—Señor mío, señor mío—añadió el comerciante, levantando la voz iracunda—, si usted tiene mucho tiempo que perder, a mí no me pasa lo propio.

—No le he expresado a usted aún el motivo de mi visita—, dijo Peñalar y se quitó los lentes y se preparó a limpiarlos con el pañuelo.