—No, ni hay necesidad; me lo figuro, me lo figuro muy bien. Yo no doy limosnas.

—Caballero, señor don Sergio—y Peñalar se levantó con las gafas en la mano y paseó por el cuarto su mirada oscura de cegato—, está usted en un profundo error. No vengo a pedir una limosna, no son esos mis hábitos. Nadie podrá decirlo, vengo—y se caló los lentes con resolución—a cumplir un deber sagrado.

—Concluyamos. ¿Qué deber sagrado es ese? ¡Qué! Basta de farsas. La charlatanería me revienta.

—Permítame usted que me siente. Estoy fatigado—murmuró Peñalar con voz desfallecida—. ¿No nos oye nadie?

Don Sergio le miró como una hiena; Peñalar pasó por su ancha frente el pañuelo lleno de agujeros; luego, dirigiéndose a Manuel, que seguía sumido en el mayor estupor, le dijo:

—Haz el favor, mi querido niño, de salir un momento y esperarme.

Manuel abrió la puerta del despacho y salió al almacén. Esta maniobra produjo un movimiento de extrañeza en don Sergio.

—Yo, caballero—dijo Peñalar al verse solo con el comerciante—, estoy dedicado a la enseñanza de la juventud.

—¿Que es usted maestro? Lo he oído.

—Estaba de pasante en el colegio del Espíritu Santo, cuando se me ocurrió establecerme por mi cuenta.