—Y ha perdido usted el dinero; bueno. ¿Y a mí todo eso qué me importa?—gritó don Sergio, golpeando la mesa con un libro.

—Perdone usted. Entre mis alumnos tengo este muchacho que acaba de salir de aquí, y que es un prodigio, un niño de unas facultades extraordinarias. Al notar la claridad de su inteligencia y la energía de su voluntad, me interesé por él; le pregunté por su familia, y me dijo que no tenía padre ni madre, y que una señora le había recogido en su casa.

—¿Y a mí qué?

—Espere usted, don Sergio. Fuí a ver a esa señora protectora suya, que es una baronesa, y la dije:

—El muchacho a quien usted protege es digno de las mayores atenciones y de que se haga algo por su educación.

—Su madre no tiene dinero y su padre que es rico, no hace nada por él—me contestó la baronesa.

—Dígame usted quién es su padre y le iré a ver.

—Es inútil—replicó—, porque no conseguirá usted nada de él; se llama don Sergio Redondo.

Al decir esto, Peñalar se levantó, y contempló con la cabeza erguida a don Sergio, como el ángel exterminador puede mirar a un pobre réprobo. Don Sergio palideció profundamente, sacó el pañuelo, se frotó los labios, carraspeó. Se comprendía que estaba turbado.

Peñalar observó al viejo atentamente, y viendo que aminoraba en sus arrogancias, se sintió cada vez más evangélico y más moral.